
El Fénix, ave de plumaje parecido al águila real, de colores brillantes e irisados y vuelo lento y majestuoso, vivía, según cuenta la leyenda, desde hacía varios siglos. Este pájaro no podía reproducirse, ya que era único en su especie; sin embargo, tenía que asegurarse una descendencia: cuando sentía próxima la muerte, edificaba un nido de plantas aromáticas y de hierbas mágicas en cuyo centro se instalaba, tras haberlo incendiado. De sus cenizas renacía otro fénix, que se apresuraba a llevar los restos de su padre a Heliópolis, donde se adoraba al dios Sol, cuya encarnación era el águila.



